
Estos días atrás hay algo que me turba, es un runrun de cabeza continuo acerca de la vida y la muerte después de la coincidencia de dos situaciones opuestas.
Hace poco me topé con un señor cuyo padre murió muy, muy mayor el día de la Calcenada. Como no le había visto pues pasó lo típico, "mira que no me enteré, lo siento..." y todo esto que se suele decir. El finado aunque era un hombre de avanzada edad (cerca de 100) yo siempre le había visto como suele decirse por aquí "como un quinto", era un señor que se mantenía muy bien tanto física como mentalmente pero su hijo me explicó que una cadena de desgracias y negligencias a partir de una caída acabó en muerte por complicaciones propias de la edad.
El hijo es un tío muy majo y de gran facilidad de palabra que cuenta las cosas con un gracejo especial que hace que tenga gracia aunque no pretenda ser gracioso y me contó los últimos momentos de su padre.
El relato pone los pelos como escarpias por lo entrañable y peculiar, un hombre que jamás dio murga y que mantuvo esta postura hasta el final. Pidió como último deseo una tostada y un yogur y poco después se despidió de toda su familia, se santiguó (era muy religioso), se durmió y ya no despertó, murió en paz rodeado de los suyos.
Tras esta conversación me fui a casa, eran ya mas de las ocho y media de la tarde, el mejor momento pa estar con la familia. En casa había un zafarrancho especial, a Fernando (el pequeño) se le acababa de caer un diente y alucinaba abundantemente especulando con qué coño iba a hacer esa noche el ratón Pérez, "¿me dejará perras o me dejará un bakugan?". No recuerdo ahora muy bien todas las conjeturas que hacía a cual mas surrealista, por otro lado propias de un crío de siete años. De madrugada se despertó y como se mueve mas que los precios debió tirar el diente, al no verlo vino a despertarnos todo angustiado "¡se ha llevao el diente y no ha dejao nada!", "no te preocupes, es que a veces se lleva primero los dientes y luego hace otra pasada con los regalos", "¡Ah!, vale".
La enorme felicidad y despreocupación de mi chico propia de una vida que empieza contrasta y a la vez se relaciona directamente con la serenidad ante la muerte de un hombre que ya ha vivido todo lo que había que vivir. Todas las personas deberíamos tener la suerte empezar y acabar así.





